Opinión

Fidel Castro: La incompetencia convertida en mito

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Miércoles 14 de enero de 2026

Por José Enrique Urioste Palomeque

Fidel Castro sigue ocupando, para los izquierdistas de Starbucks y los nostálgicos del dogma, un altar intocable: el «Comandante invicto», el David caribeño que venció al Goliat imperial, el supuesto Napoleón del trópico.

Pero basta arrancar los carteles de propaganda y someter la historia a una auditoría fría para que el «genio militar» se evapore.

Lo que queda es la verdad desnuda: un táctico mediocre, un estratega incompetente y un improvisador sostenido por la suerte y los errores ajenos.

Admirar hoy su «genialidad» militar no es un acto de fe revolucionaria; es una confesión de ignorancia histórica.

No se trata de negar que hubo disparos en la Sierra. Se trata de decir, sin rodeos, que en el arte de la guerra Castro fue un aficionado chapucero que sobrevivió porque otros fallaron más que él.

Su talento no estuvo en ganar batallas, sino en maquillar fracasos y venderlos como epopeyas.

Moncada: La chapuza elevada a leyenda — El asalto al Cuartel Moncada es el pecado original del mito. La izquierda lo venera como gesta; la historia militar lo registra como una carnicería estéril nacida de la ineptitud. Inteligencia inexistente, logística suicida, caravanas perdidas, armas que nunca llegaron y un plan sostenido por fantasía, no por realidad.

El saldo fue captura, muerte y derrota total. Que ese desastre se celebre cada año no habla del talento de Fidel, sino de su macabra habilidad para levantar un altar sobre los cadáveres de los errores que él mismo provocó.

Granma y Alegría de Pío: Naufragio, no desembarco — La expedición del Granma no fue una maniobra táctica; fue una comedia de errores con final trágico. Retrasos no calculados, navegación errática, pérdida de equipo y un desembarco en el peor punto posible.

Alegría de Pío no fue «retirada estratégica»; fue desbandada. El núcleo rebelde quedó aniquilado o disperso por pura incompetencia de mando.

Si Fidel sobrevivió, no fue por ninguna astucia clausewitziana, sino por la geografía, la suerte y la desidia del ejército batistiano. Confundir supervivencia con talento es el consuelo de los tontos.

Sierra Maestra: Ganar por default — El colapso de Batista no fue fruto de una campaña militar brillante. Esa es la mentira que el régimen necesita que creas.

Batista cayó por su propia podredumbre: corrupción, abandono internacional y hartazgo social. Fidel no conquistó el poder; se lo encontró tirado en la calle cuando el edificio anterior se derrumbó solo.

Su «guerra» fue, sobre todo, una operación de relaciones públicas ejecutada con destreza ante la prensa extranjera. Ganó más batallas en las páginas del New York Times que en las trincheras de Oriente.

El precio de la ineptitud: Del mapa militar al mapa económico — Aquí está la tragedia mayor: un mal estratega en la guerra pierde soldados; un mal estratega en el poder destruye naciones.

La Cuba ruinal de hoy es la consecuencia directa de aplicar esa misma mente voluntarista, desordenada y arrogante a la economía de un país.

La torpeza del Moncada se replicó en la Zafra de los Diez Millones. El desprecio por la logística que casi hunde el Granma es el mismo que hundió la industria azucarera, la ganadería y el sistema eléctrico.

En conclusión: Fidel Castro no fue un genio incomprendido. Fue un oportunista brillante en el marketing y un desastre en la ejecución.

La «Revolución» no es la victoria de la estrategia; es el triunfo de la narrativa sobre la realidad. Y una vez en el poder, esa mediocridad estratégica —aderezada con soberbia— condenó a millones a la miseria, el exilio y el silencio.

A más de seis décadas del desastre, ya no queda espacio para excusas ni romanticismos: solo los imbéciles —o los fanáticos intelectualmente perezosos— siguen admirando a un hombre cuya única genialidad fue convertir el error en dogma y el fracaso en liturgia.

Fidel Castro no fue un estratega derrotado por fuerzas superiores; fue un incompetente elevado a mito por la propaganda.

No construyó una nación: la desarmó pieza por pieza. Llamarlo pésimo estratega no es una provocación ni un insulto. Es el acta de defunción de una mentira histórica que ha costado generaciones enteras.

Fidel una vez dijo: “La historia me absolverá.” No. La historia jamás absuelve a los ineptos. Los pone en su lugar.

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