Buena acción premiada


Miércoles 14 de enero de 2026
Según una historia muy difundida, una tarde a finales de los años ochenta Henry Winkler estaba en LAX, cerca del mostrador de facturación.
Sus días interpretando al “Fonz” de Happy Days ya habían quedado atrás, pero seguía teniendo esa presencia que llamaba la atención.
Cerca de él, un joven lo estaba pasando mal. Se veía nervioso y agobiado mientras rebuscaba entre un montón de papeles, con la cara roja y las manos temblorosas.
La persona del mostrador, cada vez más impaciente, no ayudaba, y la fila detrás no paraba de crecer.
Winkler, observando en silencio, notó la angustia del chico y decidió intervenir. Se acercó, apoyó suavemente una mano en su hombro y le habló con calma: “Respira hondo. Todo va a salir bien”.
Su voz fue tranquilizadora, y pareció bajarle la tensión al instante. Con unas palabras discretas a la persona del mostrador, Winkler pidió si podían revisar la reserva una vez más.
El joven logró ordenar sus documentos y, en cuestión de minutos, el problema quedó resuelto. Avergonzado y evitando la mirada, murmuró un “gracias” antes de perderse entre la gente.
Winkler no le dio mayor importancia. Para él, fue un gesto pequeño. Había crecido con padres judíos alemanes que huyeron del nazismo, y le enseñaron que la forma en que tratas a los demás, sobre todo cuando nadie te mira, dice mucho de quién eres.
Y como él mismo enfrentó dificultades desde niño, incluida la dislexia, siempre sintió una empatía especial por quienes se ven perdidos o invisibles.
Años después, a comienzos de los noventa, Winkler estaba en plena ronda de reuniones para presentar un proyecto en el que creía de verdad.
Aunque había trabajado como productor en series como MacGyver, su nueva idea no terminaba de avanzar.
Cada encuentro parecía cerrarse con respuestas amables pero vagas, y él salía con esa frustración que se va acumulando.
Hasta que un día se sentó frente a un joven ejecutivo de un estudio, que lo recibió con calidez y le dio el espacio para exponer todo sin prisa.
Al terminar, el ejecutivo se inclinó con una pequeña sonrisa y le preguntó: “¿No te acuerdas de mí, verdad?”
Winkler se quedó sorprendido. El ejecutivo continuó: “LAX. Me ayudaste con mi vuelo cuando yo era un desastre. Nunca lo olvidé. Y ahora me toca devolver el favor. El proyecto está aprobado. Hagámoslo”.
Winkler se quedó atónito. Aquel gesto de amabilidad hacia un desconocido, años atrás, había regresado de la forma más inesperada, y fue precisamente eso lo que le abrió una puerta cuando más lo necesitaba.
Winkler solía compartir esta historia no para presumir, sino para dejar una idea simple: los actos de bondad, hechos sin esperar nada a cambio, nunca se pierden. A veces, lo bueno que haces por los demás vuelve a ti cuando menos lo esperas.
