¿CREER POR LAS DUDAS?


Martes 13 de enero de 2026
Por Tomás I. González Pondal
Recientemente, vi aparecer en escena, una vez más, la llamada “apuesta de Pascal”, planteo que algunos suelen invocar a los efectos de mover a otros a creer en Dios.
En la obra ‘Pensamientos’, Pascal afirmó: “Es preciso apostar. No es voluntario, estáis embarcados. ¿Por cuál os decidiréis, por tanto? Veamos; puesto que es necesario escoger, veamos lo que menos os interesa. Tenemos dos cosas que perder: la verdad y el bien, y dos cosas que comprometer: vuestra razón y vuestra voluntad, vuestro conocimiento y vuestra felicidad; y vuestra naturaleza dos cosas de que huir: el error y la miseria. Vuestra razón no resulta más perjudicada, puesto que hay que escoger necesariamente, eligiendo lo uno y no lo otro. He ahí un punto resuelto. Pero ¿y vuestra felicidad? Pensemos la ganancia y la pérdida apostando cruz a que Dios existe. Tengamos en cuenta estos dos casos: si ganáis, ganáis todo, si perdéis, no perdéis nada: apostad pues a que Él existe, sin vacilar” (ed. Altaya, España, 1997, p. 128 – Aclaro que es el punto 418 según la edición Brunschvicg, no Lafuma ni Chevalier).
Expondré mi parecer sobre la reflexión pascaliana.
Lo de Pascal es un “creer por las dudas”, o mejor dicho una seudofe; incluso, siendo aún más preciso, no es eso la fe católica en absoluto.
Me estoy refiriendo –y limitando- al planteo que quedó expuesto, y no estoy ingresando en el interior del autor.
Alguno podrá objetar: “No es así, pues precisamente el pensador francés finaliza su pensamiento afirmando ‘apostad pues a que Él existe sin vacilar’.”
La objeción no es procedente, puesto que de lo que Pascal pide no vacilar es de hacer la apuesta, mas nunca su propuesta supone hacer desaparecer la vacilación de sus extremos.
De hecho, el mismo decir “apostad” lleva implicada la incertidumbre, pero la fe no trata de lo incierto sino de lo que no se ve.
Cuando se nos enseñó el catecismo de San Pío X en nuestra infancia, leíamos sobre la expresión ‘Creo’: “¿Qué quiere decir la palabra CREO?
La palabra Creo quiere decir que tengo por certísimo todo lo que en estos doce artículos se contiene, y lo creo con más firmeza que si lo viera con mis ojos, porque Dios, que ni puede engañarse ni engañarnos, lo ha revelado a la santa Iglesia Católica, y por medio de ella nos lo revela también a nosotros.”
Según colijo, lo de Pascal tiene altísimas dosis de creación (subjetivismo), y da por ‘creer’ donde realizó un ‘crear’.
Hasta por momentos queda licuada la cuestión con noticias matemáticas. Por caso, cuando el pensador francés asevera: “La costumbre es nuestra naturaleza. Quien se acostumbra a la fe la cree, y no puede más que temer al infierno, y no cree otra cosa. Quien se acostumbra a creer que el rey es terrible, etc. ¿Quién duda, pues, que nuestra alma, acostumbrada a ver número, espacio, movimiento, cree eso y nada más que eso? (ob. cit. p 130).
En el pensamiento 423 según la edición de Brunschvicg, vemos aparecer aquella célebre máxima pascaliana: “el corazón tiene razones que la razón no conoce” (ob. cit. p. 131).
Pero me interesa el pensamiento 424 para ilustrar aún más mis observaciones sobre lo que sostiene Pascal en los planteos expuestos tocantes a la fe.
En el mencionado punto se manifiesta: “Es el corazón el que siente a Dios y no la razón. He ahí lo que es la fe. Dios sensible al corazón, no a la razón” (ob. cit. 131).
Sin que el pensador francés lo quisiese –él era jansenista-, formuló una definición de fe en todo acorde a la formulación del modernismo. San Pío X en su Encíclica Pascendi, hablando sobre las tácticas modernistas, entre otras cosas denuncia su “principio de la inmanencia religiosa.
En efecto, todo fenómeno vital —y ya queda dicho que tal es la religión— reconoce por primer estimulante cierto impulso o indigencia, y por primera manifestación, ese movimiento del corazón que llamamos sentimiento.
Por esta razón, siendo Dios el objeto de la religión, síguese de lo expuesto que la fe, principio y fundamento de toda religión, reside en un sentimiento íntimo engendrado por la indigencia de lo divino” (punto 5).
También: “Frente ya a este incognoscible, tanto al que está fuera del hombre, más allá de la naturaleza visible, como al que está en el hombre mismo, en las profundidades de la subconsciencia, la indigencia de lo divino, sin juicio alguno previo (lo cual es puro fideísmo) suscita en el alma, naturalmente inclinada a la religión, cierto sentimiento especial, que tiene por distintivo el envolver en sí mismo la propia realidad de Dios, bajo el doble concepto de objeto y de causa íntima del sentimiento, y el unir en cierta manera al hombre con Dios.
A este sentimiento llaman fe los modernistas: tal es para ellos el principio de la religión” (punto 5).
El “creer sentimental” no solo es arena movediza, sino que no tiene vida verdadera. Es algo llamado a cansar, al fastidio, a la renuncia. Tiene la limitación del hombre que lo crea, y que no tiene demasiado que buscar.
Cuanto más vivirá de un aplazamiento, total, se trata de una creencia por las dudas. Tendrá sus cumplimientos de una manera asaz mecánica, y, porqué no, con variados barnices de superstición.
Podrá invocar y decir que “siente” al Espíritu Santo, sin haber advertido que su propio pensamiento ganado por un fluido de simpatía hace las veces de cuarta persona de una antojada divinidad.
Pasará el tiempo en una gigante ignorancia religiosa, y, gradualmente, se llenará de asedia. Si se sincerase, descubriría que hasta ahora nunca se esforzó verdaderamente por conocer a Dios, descubriría que una cosa es que la fe regule también los dominios de los sentimientos, y otra muy distinta pretender que los campos del sentimiento sean quienes generen algo a lo que quiere hacerse pasar por fe.
Descubriría que Dios no es una invención subjetiva, que Él es el foco de amor por antonomasia, que si viene al hombre lo hace porque realmente existe y lo hace por la gracia, y que el solo “venir” implica la no invención, implica lo externo que morará en el interior: “Jesús le respondió y dijo: ‘Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y en él haremos morada” (Jn. 14, 13). Ahí está: “vendremos a él”.
¿Pero que es la fe? ¿Es un sentimiento? No. ¿Es creada por nosotros interiormente? No. ¿Va del hombre a Dios? No. ¿Es uno el que crea a Dios? No. ¿Es uno el que inventa la religión? No.
Entonces, ¿qué es la fe? Es una virtud teologal que infunde Dios en el alma, y que nos mueve a creer en Él y en Sus cosas. “La fe implica asentimiento del entendimiento a lo que se cree”, va a enseñar Santo Tomás de Aquino en su Suma Teológica (Parte II-IIae, c. 1, art. 4), y también dirá que “la fe es una virtud que perfecciona al entendimiento” (Suma teológica, Parte II-IIae, c. 1, art. 3). Son muy esclarecedoras las palabras de Monseñor Straubinger, comentando el pasaje bíblico que toca la incredulidad del Apóstol Tomás.
Me detengo más precisamente en el comentario a la frase de Cristo: “bienaventurados los que creen sin haber visto” (Jn. 20, 19); dirá Straubinger: “El único reproche que Jesús dirige a los suyos, no obstante la ingratitud con que lo habían abandonado todos en su Pasión (…), es el de esa incredulidad altamente dolorosa para quien tantas pruebas les tenía dadas de su fidelidad y de su santidad divina, incapaz de todo engaño.
Aspiremos a la bienaventuranza que aquí proclama Él en favor de los pocos que se hacen como niños, crédulos a las palabras de Dios más que a las de los hombres.
Esta bienaventuranza del que cree a Dios sin exigirle pruebas, es sin duda la mayor de todas, porque es la de María Inmaculada: ‘Bienaventurada la que creyó’ (…). Y bien se explica que sea la mayor de las bienaventuranzas, porque no hay mayor prueba de estimación hacia una persona, que el darle crédito por su sola palabra.
Y tratándose de Dios, es éste el mayor honor que en nuestra impotencia podemos tributarle. Todas las bendiciones prometidas a Abrahán le vinieron de haber creído (…), y el ‘pecado’ por antonomasia que el Espíritu Santo imputa al mundo, es el de no haberle creído a Jesús (Jn. 16, 9).
Esto nos explica también por qué la Virgen María vivía de fe, mediante las Palabras de Dios que continuamente meditaba en su corazón (…).
Véase la culminación de su fe al pie de la Cruz (…). Es muy de notar que Jesús no se fiaba de los que creían solamente a los milagros (…), porque la fe verdadera es, como dijimos, la que da crédito a Su palabra.
A veces ansiamos quizá ver milagros, y los consideramos como un privilegio de santidad. Jesús nos muestra aquí que es mucho más dichoso y grande el creer sin haber visto.”
Creo que Dios existe, y creo no por las dudas, no por una especulación de conveniencia. Creo que Él existe porque Él así lo ha revelado. El filósofo francés, Etienne Gilson, expresó: “Creo que Dios existe porque Él mismo nos ha revelado su existencia. Es por lo demás perfectamente exacto que esta adhesión de la inteligencia y de la voluntad a la palabra de Dios, revelándonos, no la existencia de un dios en general, sino la suya, es el fundamento indispensable del conocimiento propiamente religioso” (El filósofo y la teología, ed. Guadarrama, España, 1962, p. 101).
En otra parte dice el filósofo aludido: “Sé por mi razón que hay un Dios, pero esta certeza no es para mí la de mi propio conocimiento. Al decirme Él mismo que existe, y al invitarme a creerle bajo palabra, Dios me ofrece compartir el conocimiento que Él mismo tiene de su propia existencia. No es solo una información, es una invitación. El acto de fe acepta esta invitación, y es por esto por lo que este acto es propiamente religioso, constituyendo por su misma esencia, una asentimiento a la verdad sobrenatural, divina, participación en la cual, en el hombre, es la fe, participación finita, pero real” (ob. cit. págs. 87 y 88).
Una cosa es que alguien tenga dudas sobre cosas de la fe, otra muy distinta es creer por las dudas.
Mientras que lo primero podría recibir el reproche de Cristo, eso de “hombres de poca fe”, me atrevo a decir que lo segundo no ingresa en modo alguno en lo que tiene que ver con la fe sobrenatural, quedando en una mera especulación humana.
