Historia

La Cristiada, compendio de santos y pecadores

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Jueves 8 de enero de 2026

La Cristiada, la guerra civil mexicana que tuvo lugar entre 1926 y 1929 por la persecución del gobierno a la Iglesia católica, narra las historias de ocho protagonistas fundamentales.

Los santos son ahora mártires de la Iglesia católica y los pecadores eran líderes políticos y militares cómplices de la persecución, tal y como se consigna en el libro Santos y Pecadores en la Guerra de los Cristeros de James T. Murphy.

El autor presenta las historias, por un lado, de Anacleto González Flores, cuyas manifestaciones no violentas acabaron con su muerte tras un día de tortura; el arzobispo Francisco Orozco y Jiménez, que dirigía su archidiócesis clandestinamente huyendo del gobierno mexicano; el padre Toribio Romo González, al que dispararon en su cama una mañana simplemente por ser un sacerdote católico; y el padre Miguel Pro, el famoso jesuita cuya ejecución conmovió al mundo.

Por otra parte, se explica el papel de Melchor Ocampo, el poderoso político que creía que el catolicismo era la causa de los problemas de México; el presidente Plutarco Elías Calles, ateo fanático que persiguió brutalmente a la Iglesia; Tomás Garrido Canabal, un granjero convertido en político que llegó a ser conocido como el «Azote de Tabasco» y por último el Padre José Reyes Vega es destacado como uno de los cuatro «pecadores» principales del conflicto.

Murphy lo incluye en esta categoría por las siguientes razones:

Desobediencia eclesiástica: Vega, sacerdote de la Arquidiócesis de Guadalajara, ignoró las órdenes directas de su arzobispo, Francisco Orozco y Jiménez, quien se oponía a la resistencia armada y a que los clérigos tomaran las armas.

Liderazgo militar violento: Se convirtió en general del ejército cristero y fue apodado el «Pancho Villa con sotana» debido a su habilidad como jinete y su carácter sanguinario.

Atrocidades militares: El autor resalta su responsabilidad en el asalto al tren de La Barca en abril de 1927, donde ordenó incendiar los vagones, resultando en la muerte de 51 civiles.

También era conocido por ejecutar a prisioneros y a sus propios hombres si intentaban desertar.

Contraste con los «Santos»: Mientras que figuras como Anacleto González Flores o el Padre Miguel Pro son presentados como mártires heroicos, el Padre Vega personifica el lado oscuro y violento del movimiento cristero, lo que explica por qué la Iglesia nunca ha considerado su beatificación.

El relato de Murphy utiliza la figura de Vega para ilustrar las complejidades morales de la guerra, mostrando que no todos los participantes del bando católico actuaron conforme a los principios de su fe.

La muerte del Padre José Reyes Vega ocurrió el 19 de abril de 1929 durante la Batalla de Tepatitlán, en el estado de Jalisco.

Esta batalla es considerada una de las victorias militares más brillantes de los cristeros, pues el Padre Vega logró derrotar a las fuerzas federales lideradas por el general Saturnino Cedillo.

Murphy destaca la ironía de su final: aunque fue un líder militar exitoso que murió en el momento de su mayor triunfo táctico, su figura permanece excluida de los altares.

A diferencia de otros sacerdotes que murieron como mártires pacíficos, Vega murió con las armas en la mano, lo que refuerza su clasificación como uno de los «pecadores» en la narrativa histórica del autor.

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