EL PAPA QUE BESÓ EL CORÁN


Jueves 8 de enero de 2026
Por Tomás I. González Pondal
Cuando uno va manejando por la carretera y se encuentra con un cartel en cuyo centro hay una flecha curvada hacia la izquierda, entendemos que en unos metros la autopista curvará hacia la izquierda y en esa misma dirección debemos dirigir el vehículo.
Acaso la operación la realizamos sin tantísima advertencia, por costumbre bien entendida, diríase espontáneamente.
En el ‘signo’ encuentro una doble importancia: una, en que el signo que va a significar determinada realidad respete esa realidad; dos, en el respeto que debemos al signo bien establecido.
Probaremos lo aquí afirmado con cinco ejemplos: uno de orden físico, otro de orden lógico, otro de orden afectivo, otro de orden sacramental, y el último de orden doctrinal.
El ejemplo tomado de lo físico. Veamos la primera importancia, eso de “que el signo que va a significar determinada realidad respete esa realidad”. Si voy manejando por un camino sinuoso y en el que hay muchos precipicios, y si en la realidad un tramo del camino está girando a la derecha y un cartel me expone una flecha hacia la izquierda, dicha mala significación pone en riesgo la vida de los conductores y eso por la inadecuación entre el signo y la realidad.
Veamos la segunda importancia, eso de que “el signo bien establecido sea respetado”. Retomo el ejemplo anterior, donde hay una curva muy peligrosa hacia la derecha; esta vez el cartel expone correctamente una flecha en la dirección indicada, mas, por pura fantasía, el conductor no respeta el signo, cree que su auto es un avión y se manda raudamente a la izquierda en busca del precipicio; es muy probable que por unos segundos, ¡los últimos de su vida!, su auto cual piedra pesada, en infructuoso intento de vuelo se estampe llegando a la base de la montaña, lugar donde habrá puesto fin a su existencia.
El ejemplo de orden lógico. Veamos la primera importancia, eso de “que el signo que va a significar determinada realidad respete esa realidad”. Aristóteles definió a la palabra como “voz significativa arbitraria”.
Bien sabemos que una misma cosa se dice de diversos modos según el idioma. La palabra es signo arbitrario, esto es, ingeniado por el hombre, mas no lo significado por ella, es decir, el concepto, que es signo natural de la cosa, tal como es captado por la primera operación del entendimiento llamada simple aprehensión.
La afirmación o negación conceptual mediante el verbo ‘ser’ forma un juicio, y la expresión oral o escrita del mismo se llama enunciación.
Si ingreso a una habitación en la que hay sobre una mesa un dron de metal, y digo “ese dron es de metal”, significo convenientemente la realidad que veo.
Veamos la segunda importancia, eso de que “el signo bien establecido sea respetado”. Se sabe que el aparato sirve como objeto volador y se sabe que se lo llama dron, y aún así cuando alguien interroga sobre eso se le dice que es una morsa. No se respeta el signo convenido para tal o cual cosa.
El ejemplo de orden afectivo. Veamos la primera importancia, eso de “que el signo que va a significar determinada realidad respete esa realidad”. Se faltaría contra dicha regla si se propusiera que la dura trompada es significativa de gran cariño hacia la persona amada. El signo no respeta adecuadamente la realidad.
Veamos la segunda importancia, eso de que “el signo bien establecido sea respetado”. Alguien dice querer mucho a otra persona, sabe que una caricia significa afecto, mas decide que, para probar su querer, nada mejor que propinar una tremenda bofetada. El signo bueno no fue respetado.
El ejemplo de orden sacramental. Veamos la primera importancia, eso de “que el signo que va a significar determinada realidad respete esa realidad”, agregando a esto que, como es sabido, los sacramentos no son cualquier tipo de signos, sino que son “signos sensibles y eficaces de la gracia”, vale decir, “producen realmente lo que significan”.
En el Sacramento del Bautismo, el agua que se derrama no solo significa un lavado, sino que efectivamente lava el alma sobrenaturalmente borrando el pecado original.
En este caso y atento a lo establecido por Jesucristo, no podría significarse un lavado arrojando barro, ni tampoco se produciría eficaz y verdaderamente el lavado.
En el Sacramento de la Eucaristía se dan de la mano dos cosas: el sacramento y el sacrificio, y de ahí una doble consideración. En cuanto sacramento, la hostia consagrada no solo significa un alimento, sino que efectivamente alimenta el alma sobrenaturalmente con el Cuerpo y la Sangre de Cristo; en este caso no podría significarse un alimento consagrando una piedra, ni tampoco se produciría eficaz y verdaderamente la alimentación. En cuanto sacrificio, no solo la doble consagración (esto es, del pan y del vino) significa el sacrificio, sino que hace realmente presente el mismo Sacrificio de la Cruz, de modo incruento; tampoco aquí podría significarse el sacrificio utilizando una piedra, ni se produciría el mismo eficaz y verdaderamente.
Recordemos las enseñanzas del Catecismo Mayor de San Pío X. Se pregunta: “¿En qué consiste en general el sacrificio?” Responde: “El sacrificio en general consiste en ofrecer una cosa sensible a Dios y destruirla de alguna manera en reconocimiento de su supremo dominio sobre nosotros y sobre todas las cosas”.
Se pregunta: “¿Cómo se llama este sacrificio de la nueva ley?” Responde: “Este sacrificio de la nueva ley se llama la santa misa”. Se pregunta: “¿Qué es pues la Santa Misa?” Responde: “La Santa Misa es el Sacrificio del Cuerpo y Sangre de Jesucristo, que se ofrece sobre nuestros altares bajo las especies de pan y vino en memoria del sacrificio de la Cruz”. Se pregunta: “¿Qué relación guarda el sacrificio de la Misa con el de la Cruz?” Responde: “El sacrificio de la Misa representa de un modo sensible el derramamiento de la sangre de Jesucristo en la Cruz; en virtud de las palabras de la consagración, se hace presente bajo las especies del pan sólo el Cuerpo, y bajo las especies del vino solo la Sangre de nuestro Redentor; si bien, por natural concomitancia y por la unión hipostática, está presente bajo cada una de las especies Jesucristo vivo y verdadero”.
Ciertamente la Hostia Consagrada es alimento real para el alma, significado en los accidentes del pan y del vino, diferenciándose de cualquier otro alimento en que somos nosotros los asimilados por Cristo y no al revés, pero primeramente la Hostia Consagrada es sacrificio, es decir, la renovación incruenta del mismísimo Sacrificio de la Cruz, significado eso en el fraccionamiento en la doble consagración (del pan y del vino) que hace el sacerdote.
La Divina hostia antes de ser comida por el sacerdote primeramente es fraccionada. La estructura de la Misa de siempre –profundizaré esto en líneas venideras- responde adecuadamente al Sacrificio incruento de la Cruz.
La insistencia modernista intentó soslayar el aspecto sacrificial o hacerlo desaparecer, y eso está puesto de relieve en la misa experimental o Novus Ordo, inventada en la década del 60, dada a todos para ser practicada, y en pretensión de desplazamiento de la Santa Misa y su Rito Romano.
Porque como bien dice el liturgista que seguía Benedicto XVI, Klaus Gamber, la misa promulgada en 1969 tiene un rito nuevo pero no es el Rito Romano de siempre; llámeselo con entero acierto rito bugniniano (en alusión al factotum del Papa Pablo VI, Annibale Bugnini); en palabras de Gamber: “La meta de los reformadores era (…) fabricar un rito que interpretara su nueva teología”.
“Resulta de todo esto que se puede hacer la siguiente pregunta: ¿una remodelación tan radical se mantiene aún dentro del cuadro de la tradición de la Iglesia? No basta para hablar de una continuidad del rito romano, con que en el nuevo misal se hayan conservado ciertas partes del anterior”. “Ha habido cambio de rito no solamente por causa del nuevo ‘Ordo Missae’ de 1969, sino también por causa de la amplia reorganización del año litúrgico y del santoral (…); se han realizado innumerables cambios e introducido muchas innovaciones como consecuencia de la reforma litúrgica, que no ha dejado substituir casi nada de lo anteriormente existente” (los entrecomillados en orden se encuentran en las páginas 44, 52 y 56, del libro Tradición y reforma en la liturgia romana, ed. Del Alcázar, Buenos Aires, 2020).
Recuerdo también las palabras del famoso jesuita que formó parte del Consilium para la reforma de la liturgia, R.P. Joseph Gelineau: “A decir verdad, es una liturgia de la misa diferente. Hay que decirlo sin ambigüedades. El rito romano tal como lo conocíamos ya no existe” (Demain la Liturgie, Les Editions du Cerfs, Paris, págs. 77 y 78).
Vale agregar que el Padre Gelineau no fue ningún tradicionalista, sino que llegó a tener un destacado papel en lo que fue la Comunidad ecuménica francesa de Taizé, yunta católico-protestante.
Por si alguno quisiere acusarnos de exagerados, dejamos las mismas palabras del entonces cardenal Ratzinger: “La reforma litúrgica, en su realización concreta (…) no hay sido una reanimación sino una devastación (Tradición y reforma en la liturgia romana, ed. Del Alcázar, Buenos Aires, 2020, p. 19).
Cuando el Catecismo Mayor de San Pío X nos recuerda por qué Jesucristo instituyó la Santísima Eucaristía, en el orden que indica pone como primer punto: “Para que fuese el sacrificio de la nueva ley”; en segundo lugar: “Para que fuese alimento de nuestras almas”; en tercer lugar: “Para que fuese un perpetuo memorial de su pasión y muerte y una prenda preciosa de su amor a nosotros y de la vida eterna”.
Hay algo más y de suma importancia: eso de “que el signo que va a significar determinada realidad respete esa realidad”, es de entera aplicación para lo que llamaría “la estructura de una misa”.
De modo que si quiero significar una realidad sacrificial todos los signos utilizados deben adecuarse a esa realidad, y mal se haría y habría un alejamiento gigante de dicha realidad sacrificial si los signos utilizados promueven más bien y primeramente un convite festivo y fraterno.
Ahora bien, donde se respetan acabadamente los signos que indican una realidad sacrificial es en el Santo Sacrificio de la Misa o Misa de siempre, y donde se los dejó de lado suplantándolos (aunque inicialmente con sutileza) por otros signos que propugnan una comida fraternal sobre una mesa es en la Nueva misa o misa experimental.
Y fue en esa inicial sutiliza donde encuentro que el signo bien establecido a lo largo de más de dos mil años fue ultrajado por quienes decidieron la incorporación de nuevos signos.
Recuerdo aquí las mismísimas y horrorosas palabras del Papa que promulgó la misa bugniniana, Pablo VI: “Queridos hijos y queridas hijas. Nos queremos una vez más invitaros a reflexionar sobre esta novedad que constituye el nuevo rito de la misa, que será utilizado en la celebración del santo sacrificio a partir del próximo domingo 30 de noviembre (…). ¡Nuevo rito de la misa! Esto es un cambio que afecta a una venerable tradición multisecular (…). Este cambio afecta al desarrollo de las ceremonias de la misa (…). Nos debemos preparar a acostumbrarnos a estas múltiples perturbaciones: son inherentes a todas las novedades que cambian nuestras costumbres”.
¡Y vaya si se alteró las costumbres católicas! La estructura de la Misa de siempre o Santa Misa es estrictamente sacrificial católica, mientras que la estructura de la Nueva Misa o Misa experimental es estrictamente festiva de extracciones ecuménicas principalmente protestantes.
Una, significa el sacrificio en presencia clara de un altar, la otra, significa el banquete en presencia clara de una mesa; una, significa el sacrificio con un sacerdote sacrificador, la otra, significa el banquete con un sacerdote que preside; una, significa el sacrificio en la reverencia, el silencio, el respeto, la modestia y la adoración hacia la Víctima que se ofrece en el altar, la otra, significa la fiesta en la palabra (en ocasiones en grados de alaridos), la inmodestia y la exaltación del hombre reunido en torno a la mesa; una, significa la unidad jerárquica en el sacrificio, la otra, la división democrática en el banquete, por eso en el sacrificio basta el sacerdote y en la fiesta hay que dar lugar a las mujeres; una, está inmersa en el misterio de la fe, la otra presenta las huellas del misterio de iniquidad; una, se gloría de presentar la sana doctrina, la otra prueba haberse cumplido la revelación paulina sobre los tiempos en que no se soportará ya la sana doctrina; una, es canal de gracias, la otra, canal de confusiones; una, protege las almas, la otra, genera perplejidades mayúsculas; una, hace morir al hombre viejo, la otra, vuelve viejo al hombre; una, propicia el hombre nuevo en la gracia, la otra, arroja un nuevo hombre en el modernismo; una, hace amar cada vez más la unidad de la Iglesia Católica, la otra, insistentemente ‘en salida’, predica y predica con sus signos estructurales y con sus signos verbales la abominación ecuménica, haciendo que se ame la división en una ilusoria unidad.
Unido a lo anterior, agrego en este párrafo aparte, la diferencia en el trato eucarístico, ¡tan significativo!, diferencia hallada entre la Misa de siempre y la inventada en la década del sesenta y promulgada en 1969, conocida como Nueva Misa.
Vista entonces la Misa experimental con su marcada insistencia en el aspecto de convite, de banquete, de fiesta, de cena familiar, de comunión fraterna, se sigue, por lógica significante la tan nefasta comunión en la mano con toda su variada gama de sacrilegios y guaranjes sin cuento.
Porque lógicamente y como ya lo indicaron copiosamente eminentes teólogos y liturgistas, en un banquete los comensales agarran el alimento con la mano.
La Misa bugniniana insistió en lo que quiso significar y alcanzó con creces la significación deseada.
El Novus Ordo se adecua más bien a la cena querida por el protestantismo. Por más rodeos que quiera hacerse sobre lo anterior para intentar justificar la novedad, la novedad es injustificable.
Al menos uno debe ser sincero con su propia conciencia y darse cuenta que es injustificable si se lo pretende en línea y continuidad con la misa de siempre o Santa Misa.
Se ingresa en esos rodeos o manoseo de conciencia, si uno quiere hacerse pasar por respetuoso de la Tradición Católica, pero a su vez justifica la comunión en la mano, diciendo que, al fin de cuentas, la Hostia se toca tanto con la lengua como con la mano, como si fuere lo mismo, como si diese lo mismo.
No solo se va contra las advertencias de las Escrituras que pide la mayor dignidad en la recepción del sacramento. No solo se da al traste con las clarísimas pronunciaciones de la Iglesia en contra de la mencionada práctica (no distinguiendo la voz de la Santa Institución y la voz personal del teólogo personal que dicta una invención). No solo se desfigura el poder de las llaves haciendo que se desdiga, y que ahora lo ya podado y tenido por seco sea rama con sabia y portadora de vida; no solo se desprecia las advertencias de los santos sobre el modo debido de recibir la eucaristía. No solo, repito, no se cabila correctamente sobre lo anterior, sino que se yerra en no ver que ‘tocar’ y ‘recibir’ son cosas distintas; puedo decirle a alguien “oye, toca la piedra y verás que es áspera”, y hasta de modo muy estirado un jugador de futbol le dice a otro en el partido “Jorge, toca la pelota”; pero al que está con un helado en la mano no le decimos cuando queremos que lo ‘reciba’ en su boca “Romina, toca el helado”, sino que le decimos “lámelo pues se está derritiendo”; si uno dijera a la dama “toca el helado”, llevaría sus dedos y tocaría el producto; ninguno de nosotros si se nos dijera “toca el helado”, entenderíamos como “lamerlo”, de ahí que decimos que lo ‘recibe’ en su boca al lamerlo y no que para hacer eso lo ‘toca’.
En las debidas distinciones anteriores va la riqueza o bajeza de las significaciones. El que recibe en la boca la Divina Eucaristía al participar en la Santa Misa, reconoce que hay un sacrificador consagrado para realizar el Santo Sacrificio de la Misa, y, por tanto, capacitado con exclusividad para tocar el Pan de los Ángeles en la inmolación incruenta. Solo el sacerdote toca y recibe, el comulgante solo debe recibir sin tocar. Pues no se trata de cualquier alimento, sino de una Víctima inmolada, vale decir, Alguien que se nos da en alimento luego de ser sacrificado.
Todo lo anterior ha quedado licuado con la misa experimental del 69 o Nueva Misa, de ahí que ya de lo mismo o se crea con tanta superficialidad que ‘tocar’ y ‘recibir’ la Eucaristía son cosas iguales. No son cosas iguales: El sacerdote toca al sacrificar y recibe con sus propias manos al comulgar, el laico sin tocar solo recibe de otras manos al comulgar.
Todavía oigo a alguno saltar en queja sosteniendo que no venga con nimiedades, con distinciones imperceptibles entre ‘tocar’ y ‘recibir’. Podrá ser eso una salida tonta en oídos modernos, pero la distinción es capital, pues responde a dos ritos completamente antagónicos.
Recibir la Hostia Divina de rodillas y en la boca cuando se asiste a la Misa de siempre, significa de modo completamente distinto al agarrarla uno mismo con los dedos y consumirla, o recibirla de pie, cosas que se dan en la Nueva Misa.
Recibir la Eucaristía de rodillas y en la boca, refiere por parte del comulgante un acto de adoración directo a la Víctima que se inmoló: refieren las rodillas el acto de sumisión adorativo de todo el ser a Cristo, y refiere la boca la adoración más profunda que debe nacer desde el fondo del alma; y el no tocar la Hostia con los dedos señala con absoluta claridad y distinción quién es el que realmente está consagrado para ser sacrificador, esto es, refiere exclusivamente al sacerdote. Agarrar el Cuerpo de Jesucristo con los dedos refiere primeramente a la participación en un convite, donde hay mesa y se practica una comida; por eso también la recepción de pie: nadie come de rodillas.
El ejemplo de orden doctrinal. ¿En qué momento pasamos de tener hombres que alcanzaron la santidad al ser martirizados por no besar elementos de otras religiones, a tener Papas que alcanzan “la santidad” por besarlos con gran deleite? ¿Cómo es posible que lo que a unos hubiera condenado, a otros, según parece, ahora les abre las puertas del cielo? ¿Está el catolicismo fundado en el relativismo?
La Religión Católica es inmutable, de modo que ver el mayúsculo escándalo de un Papa besando el Corán, manifiesta como mínimo el relativismo de él, pero no es algo querido por la Iglesia Católica.
El besar el Corán está significando algo, y ese algo es un apoyó a una novedad escandalosa coronada en el Concilio Vaticano II, y practicada más luego –el beso va de prueba- con entera naturalidad por altísimos eclesiásticos. Significa el completo aval al falso ecumenismo.
Es tal la importancia de lo significado, que su confusión es mucho más grave que la del cartel cuya flecha dispone girar a la derecha cuando en verdad el camino gira a la izquierda.
