𝐋𝐀 𝐈𝐍𝐕𝐈𝐒𝐈𝐁𝐈𝐋𝐈𝐃𝐀𝐃 𝐃𝐄 𝐋𝐀 𝐕𝐈𝐎𝐋𝐄𝐍𝐂𝐈𝐀 𝐅𝐄𝐌𝐄𝐍𝐈𝐍𝐀 𝐘 𝐄𝐋 𝐅𝐑𝐀𝐔𝐃𝐄 𝐃𝐄 𝐏𝐀𝐓𝐄𝐑𝐍𝐈𝐃𝐀𝐃: 𝐄𝐋 𝐒𝐈𝐋𝐄𝐍𝐂𝐈𝐎 𝐃𝐄𝐋 𝐒𝐈𝐒𝐓𝐄𝐌𝐀


Lunes 22 de diciembre de 2025
En la actualidad, se ha consolidado una narrativa oficial que presenta la violencia en las relaciones humanas de forma unidireccional, sugiriendo que el varón es el agresor por naturaleza y la mujer la víctima eterna.
Esta visión ideologizada oculta una realidad incómoda: la violencia no tiene sexo y se manifiesta de manera bidireccional.
Al etiquetar toda agresión del hombre hacia la mujer como «violencia de género» y silenciar los casos inversos, el sistema judicial y los medios de comunicación invisibilizan el sufrimiento de miles de hombres y niños que son maltratados o asesinados por mujeres, eliminando así la presunción de inocencia y la igualdad ante la ley.
«La violencia no discrimina y por eso es falsa la idea de que la violencia ‘de género’ es simplemente la agresión del varón hacia la mujer», Pablo Muñoz Iturrieta, Atrapado en el cuerpo equivocado.
El ocultamiento de estas cifras no es accidental, sino una estrategia sistémica para mantener la vigencia de estructuras políticas y de financiamiento. Instituciones oficiales y observatorios de «género» eliminan de sus conteos estadísticos a los varones que mueren a manos de sus parejas, reduciendo estas tragedias a meros sucesos aislados sin relevancia política.
Esta manipulación de los datos permite que el sistema ignore la simetría de la violencia doméstica, donde diversos estudios indican que la mujer es, con frecuencia, quien inicia la agresión física en la pareja, aunque el resultado sea menos letal debido a la diferencia de fuerza física.
«El Instituto de la Mujer se emperra en no incorporar a sus estadísticas las muertes de hombres a mano de sus mujeres», R. Lamas Abad, Contra la dictadura violeta.
Un fenómeno aún más silenciado y desgarrador es el de los niños asesinados por sus madres, cifras que suelen superar a las de los menores asesinados por sus padres.
Cuando una mujer comete filicidio, el sistema y los medios tienden a buscar justificaciones psicológicas o sociales, como la depresión o el estrés, mientras que si el autor es el padre, se cataloga automáticamente como un acto de «violencia machista».
Se ha llegado al extremo de inventar términos como «suicidio ampliado» para suavizar la realidad de madres que matan a sus hijos antes de quitarse la vida, ocultando que la maldad y los trastornos mentales anidan por igual en ambos sexos.
«Las bondadosas mujeres matan a sus hijos en una proporción media de 66% frente al 33% de los asesinatos llevados a cabo por sus progenitores masculinos», Alicia Rubio, Cuando nos prohibieron ser mujeres.
Por otro lado, el fraude de paternidad constituye una forma de violencia reproductiva de la que prácticamente no se habla en la esfera pública.
Este engaño, que consiste en atribuir falsamente la paternidad de un niño a un hombre de forma intencionada, tiene consecuencias devastadoras tanto económicas como emocionales.
A pesar de que las estadísticas sugieren que este fraude afecta a entre el 1% y el 3.7% de los nacimientos, el Estado suele proteger a la madre bajo el pretexto del «interés superior del menor», obligando incluso a hombres que han demostrado por ADN no ser los padres biológicos a seguir pagando manutención, lo cual representa una vulneración sistemática de los derechos del varón.
«El fraude paternal resulta de atribuir falsamente la paternidad de forma intencionada. […] Se trata quizá del peor engaño posible», Daniel Jimenez, Deshumanizando al varón.
Finalmente, es imperativo que la sociedad civil y los legisladores reconozcan que la verdadera justicia e igualdad no se alcanzan privilegiando a un sexo sobre el otro, sino protegiendo a toda persona vulnerable.
El actual «apartheid de género» solo ha logrado enconar las relaciones familiares y dejar desamparadas a las víctimas que no encajan en el modelo ideológico oficial.
Necesitamos redefinir el concepto de maltrato para que incluya a hombres, niños y ancianos, y dejar de utilizar el dolor humano como combustible para una industria de subvenciones que solo busca perpetuar el conflicto.
«La violencia en el seno de la pareja o en el ámbito familiar, surge, mitad mitad, y más o menos por igual, en el varón y en la mujer», R. Lamas Abad, Contra la dictadura violeta.
Analógicamente, el sistema actual de protección es como un faro que solo ilumina una mitad del océano; mientras se enfoca con intensidad en las olas que golpean una orilla, deja en absoluta oscuridad las tormentas que destruyen la otra, permitiendo que naufraguen todos aquellos que no están bajo su luz selectiva.
