Historia

Frankenstein o el Moderno Prometeo

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Miércoles 10 de diciembre de 2025

En 1816, una joven de apenas diecinueve años escribió una de las obras más influyentes de la historia de la literatura.

Su nombre era Mary Shelley. El libro se tituló Frankenstein o el moderno Prometeo.

La novela nació en un contexto marcado por el avance científico, los debates sobre la electricidad, la vida y los límites del conocimiento humano.

En ese clima intelectual, Mary Shelley imaginó la historia de Viktor Frankenstein, un joven científico suizo decidido a ir más allá de lo permitido.

Frankenstein estudia anatomía, observa los procesos de la vida y la muerte, y finalmente cree haber descubierto el principio que anima a los seres vivos.

Convencido de su genialidad, construye un cuerpo humano a partir de restos recogidos en salas de disección y mataderos, dándole una estatura descomunal.

Mediante impulsos eléctricos, inspirados en los experimentos de su tiempo, intenta devolverle la vida.

Una noche de noviembre, su experimento funciona.

La criatura abre los ojos. Respira. Vive.

Pero el triunfo dura poco. Horrorizado por lo que ha creado, Frankenstein huye, dejando a su creación sola y abandonada.

A partir de ese momento, la historia ya no gira en torno al nacimiento de un ser artificial, sino a algo mucho más profundo: la responsabilidad del creador frente a su obra y las consecuencias del rechazo, la soledad y el miedo.

La criatura no nace malvada. Aprende a sufrir. Aprende a odiar. Y termina enfrentándose a quien le dio la vida, sin enseñarle cómo vivirla.

Con esta novela, Mary Shelley no solo inauguró el terror gótico moderno y sentó las bases de la ciencia ficción.

También planteó una pregunta que sigue vigente: Hasta dónde puede llegar la ambición humana sin asumir las consecuencias éticas de sus actos.

Tras la muerte de la autora, entre sus pertenencias se encontró un objeto singular. Conservado cuidadosamente en seda, estaba el corazón de su esposo, el poeta Percy Bysshe Shelley.

Un detalle íntimo y simbólico.

La mujer que imaginó a un hombre capaz de crear vida había guardado, literalmente, el corazón de quien amó. Como si, en el fondo, Frankenstein no fuera solo una historia de monstruos, sino una meditación sobre la vida, la pérdida y el anhelo de lo imposible.

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