El perdón de Villa


Domingo 7 de diciembre de 2025
El pequeño jardín de Gómez Palacio (Durango, México) estaba henchido de gente que paseaba por sus aceras, escuetamente alumbradas por focos de luz eléctrica.
En el centro, el kiosco, donde una orquesta del poblado desgranaba en el aire la música más popular de aquellos días.
En las calles anexas, habla multitud de vendedores de comestibles, de dulces, de frutas, iluminando sus puestos con mecheros de petróleo o velas, enrolladas en cartuchos de papel de china de colores, que les servian de parabrisas; todos ellos pregonando a gritos su mercancia y la bondad de ellas.
Las muchachas casaderas, en grupos, más o menos alegres, dando vueltas en sentido contrario de los hombres, tocadas con rebozos finos de seda, o con chalinas deshiladas a mano y traídas de tierra adentro, de aquellas maravillosa ciudad de Aguascalientes, en donde las muchachas dejaban su vida en los bastidores cuadrangulares haciendo maravillas con la aguja.
En la orilla de la acera, cenaban pollo frito y enchiladas picantes, en torno de amplias mesas que lucían vasijas llenas de comistrajos, en el centro, un grupo de hombres, dos de los cuales, yantando en silencio, demostraban por su indumentaria, ser forasteros.
Los demás los veían curiosamente cómo engullían sendos trozos de pollo, con gran apetito, indicio de que traían un hambre retrasada.
Después de algunas dosis de sotol y algunas cervezas se inició la conversación, que pronto fue animándose, con los dos forasteros que no dejaban de cenar.
—¿Qué vienen ustedes de muy lejos?
—De muy lejos, contestaba uno, dándole una mordida a una pierna de pollo que chorreaba salsa verde.
—¿Qué es cierto que ya se murió Villa, ese amigo que tantos males causaba? — inquirió otro comensal.
—Debe haber muerto ya –contestaba otro—. A nosotros no nos ha molestado en el camino, ni nada supimos de él… y cogía con los dedos una enchilada colorada, rellena de chorizo frito y lechuga. Le dió una mordida y preguntó
a su vez:
—Pero, ¿aquí nada saben de él?
—Qué va —contesta otro parroquiano—. Si acaso vive, buen cuidado tiene de no acercarse por acá, porque saldría muy mal librado…
—Seguramente —agrega otro—, porque aunque hay muy pocos soldados ahora, están aqui muy cerca Lerdo y Torreón, donde si hay fuerzas «como diablo» y en un santiamén lo harían cisco.
—Y, ¿por qué hay aquí tan pocos soldados? —pregunta uno de los forasteros.
—Porque no se necesitan —contesta alguien—, y hace mucho tiempo que ni noticias se tienen del bandolero ése; de manera que bien pueden darse ustedes cuenta de ello, desde el momento en que ya todas las tiendas están abiertas de nuevo, repletas de mercancías, las casas habitadas como antes, el mercado muy concurrido y hasta esta serenata es la mejor prueba de la confianza que hay de que ya no vive ese amigo… o cuando menos que no ha de venir…
—Ya ha de estar en los Estados Unidos —agregó otro—, con tanto dinero que se llevó de Torreón y Chihuahua…
—Dicen —contesta uno de los forasteros—, limpiándose la boca con el dorso de la mano Izquierda y eructando estrepitosamente, que no le gustan los gringos, y que iría a todas partes, menos a los Estados Unidos.
—¿Con que no le gustan los gringos? —dice otro comensal picarescamente—, pero las gringas, ¿qué tal?
—Todos soltaron la carcajada por la ocurrencia; los forasteros se despidieron después de esto y se perdieron entre los concurrentes a la serenta.
La orquesta tocó la última pieza de la audición al filo de las diez de la noche y poco a poco la plaza fue quedando desierta, los vendedores levantaron sus puestos, las tiendas cerraron sus puertas, las luces se fueron apagando en las cantinas y la ciudad se durmió tranquila, con esa santa quietud de la provincia, cuando hay confianza absoluta, cuando no existe el más ligero temor a la furia de la guerra.
Poco después de las tres de la mañana una avalancha de hombres a caballo invadió la población, disparando tiros y abriendo las puertas de las tiendas a culatazos y golpes.
Las gentes despertaron asustadas, y bien pronto se dieron cuenta del terrible peligro que las amenazaba, cuando oyeron el grito crispador de:
—¡Viva Villaaa…!
Después, todos los horrores de los terribles alzados: muertos, heridos, saqueos, desenfrenada embriaguez, mujeres que piden auxilio al ser arrebatadas en las grupas de los caballos, niños gritando, perdidos por las calles y un coto infernal de ladridos de perros, espantados, también, por la furia invasora.
Gómez Palacio, presentaba al despuntar la aurora, el aspecto de un hombre a quien se despierta a golpes, mostrando en su mirar el pasmo, el asombro de tan rudo sacudimiento.
La ciudad se había acostado tranquila con la seguridad de que el guerrero durangueño se había muerto, o estaba muy lejos de esos lugares, cuando, como precursores de la aurora, los alados corceles villistas hicieron trepidar las calles con sus cascos triunfadores.
Poco despuês Villa, instalado en una de las casas principales, abandonada por sus dueños, ordenó un cateo a determinados lugares; y entre los prisioneros traídos a su presencia, venía un hombre como de sesenta años de edad, alto, fuerte, de larga barba, ojos azules, de enérgico mirar y con una intensa palidez en la cara, que le daba el aspecto de enfermo.
Villa clavó en él su mirada de tigre, y con la mano en el puño de la pistola, presto a sacarla, dejó caer estas frases, como la explosión de una cólera detenida:
—Por fin, lo tengo en mis manos, miserable. Tanto tiempo de andar en su busca, hasta que al cabo ya cayó. Ahora arreglaremos aquella vieja cuentecita que tenemos pendiente.
Y dirigiéndose a los custodios que le traían, agregó:
—Todos los demás quedan libres. A este es el único a quien detienen; pero lo quiero tan bien cuidado que cada uno de ustedes me responde de él con la vida.
El prisionero inclinó la cabeza silenciosamente, ni un gesto ni un frase de protesta, ningún movimiento que demostrara otra cosa que la intensa resignación de que estaba poseido.
Automáticamente se puso en marcha, cuando se lo ordenaron, entre una doble fila de soldados, hacia el interior del amplio caserón que servía de Cuartel General.
La entrada daba a un patio enorme, cuyas cuadradas losas, dejaban asomar, hilos de zacate verdoso y escueto, que demostraba a las claras, el abandono de aquella casa.
¿Quién era ese hombre, aprehendido y cuidado con tanto lujo de fuerza? ¿Quién era, que había provocado toda la cólera del revolucionario?
—Era yo muy niño —dijo Villa, paseándose nerviosamente a lo largo de la sala—, cuando tropezó mi familia, desgraciadamente, con ese hombre.
Viviamos en San Juan del Rio, Estado de Durango, y mi hermano mayor, proveía al sostenimiento de mi madre enferma y de nosotros, trayendo desde la sierra, para venderlos en la plaza, tercios de leña en un viejo burro, que era todo el capital que nos legó mi padre al morir.
Este hombre era Jefe político de aquel lugar, este desgraciado viejo que acaba de caer en mis manos, y que va a pagar muy caramente el crimen terrible que cometió con nosotros.
Vivíamos, como es de comprenderse, casi en la miseria; pero vivíamos tranquilos, con la esperanza de que pronto se aliviaría mi madre, y nosotros creceríamos para ayudar a nuestro hermano en su trabajo y ganar todo lo suficiente para pasarla bien… dentro de la pobreza de los arrieros.
Cierto día, unos gendarmes del pueblo aprehendieron a mi hermano, mientras vendía su leña y lo internaron en un cuartel cercano, con otros individuos, sin que ni aquél, ni éstos, hubieran cometido delito alguno.
Villa calló un momento, apresuró su paso con mayor nerviosidad, se mordió los labios colérico: sacó un cigarro de hoja que torció automáticamente, y luego, escupiendo los pedazos de hoja y de tabaco que le quedaban en la boca.
No faltó una alma caritativa que llevara la noticia a la mamá. La pobre mujer se levantó de su lecho de enferma y acompañada por Villa, que entonces tendría unos cinco o seis años de edad, se dirigió con lento y doloroso andar a la Jefatura Política.
La guardia le impidió la entrada, y en la orilla de la banqueta esperó, junto con las otras mujeres, que fueron llegando poco a poco, a que el Jefe saliera, mujeres que, como ella, iban en busca de sus hijos o de sus maridos, aprehendidos en las plazas o en las calles, sin motivo alguno.
Los llevaron de leva. El Gobierno había ordenado que se reclutaran soldados de donde se pudiera; y aquel Jefe Político que era ya odiado por su crueldad, mandó aprehender a los primeros que se hallaron, para ser remitidos desde luego, a la capital del Estado.
Con una angustia indescriptible y con un intenso debilitamiento, la madre de Villa esperaba, bajo un sol de verano que parecía caer sobre sus espaldas como plomo fundido, que saliera el Jefe; ya que no le era dable trasponer la entrada para implorar del tirano justicia y piedad.
Ya muy pasado el medio dia hubo un movimiento apresurado en la guardia que cuidaba la puerta; los esbirros se pusieron en pie en compacta fila, a uno y otro lado del zaguán, terciaron las armas y con paso lento el Jefe Político, se dirigió a la calle, por en medio de ellos.
La madre de Villa, al verlo salir, se arrojó a sus pies suplicante, pidiendo la libertad de su hijo, único sostén de su familia, joven trabajador y bueno, el cual si era arrancado de su lado le causaría la muerte y quedarían en completo desamparo sus hijos.
—Quítese usted de aqui… —rugió el tirano con marcado disgusto.
Pero la madre insiste en su petición y abrazándose a las piernas del Jefe Político, ahoga sus entrecortadas frases con lágrimas y con sollozos.
El monstruo le pegó un fuetazo por toda contestación y librándose la pierna que le tenía sujeta la enferma, le pegó un puntapié en el pecho, que hizo que la pobre mujer fuera rodando por la banqueta, hasta quedar sobre el empedrado de la calle, con la boca llena de sangre y muda de estupor.
—Al ver a mi madre caer escupiendo sangre, senti por la primera vez en mi vida el deseo de matar —dijo textualmente Villa— de matar a aquel hombre, que de manera tan brutal, hería de muerte al ser más querido de mi existencia.
Al dia siguiente salía mi hermano con la cuerda para no volver jamás.
Y pocos días después cerraba para siempre sus ojos, la madre dolorida que no pudo resistir, ni el dolor del brutal atropello, ni la ausencia de quien era el sostén de su miseria.
Murió estrechando entre sus brazos, sollozante de angustia, a quien habria de ser más tarde el guerrillero más grande de la República mexicana…
Habían transcurrido tres horas y Villa seguía nervioso. Los pocos que penetraban a la sala eran recibidos por Trillo, su fiel secretario quien temeroso también de disgustar a su jefe, apenas se atrevia a consultarle una que otra cosa del servicio.
Villa no se paseaba ya; sino que arrellenado en un sillón de damasco rojo seguia fumando nerviosamente.
Por las frases que, de cuando en cuando, dejaba caer se adivinaba su pensamiento. Ideaba algún nuevo martirio para su prisionero, algo que fuese torturador, cruel, que no arrancara la vida desde luego, porque eso no era castigo.
El que muere acribillado a tiros no sufre, sino breves instantes. El quería algo prolongado, algo sangriento, algo inquisitorial, que hiciera sentir al prisionero una agonía enorme, inmensa, dolorosa… en consonancia con el magno crimen que habia cometido…
De pronto se oyen exclamaciones violentas en el zaguán, gritos entrecortados de mujeres que lloran y soldados que maldicen; entrando a la sala, despeinadas, con la ropa hecha pedazos, cuatro mujeres enlutadas; y tras ellas un grupo de soldados que intentaban echarlas fuera a empellones. Villa se pone de pie y dice:
—Déjenlas….¿qué quieren ustedes, señoras?
—Somos la esposa y las hijas del anciano que fue aprehendido esta mañana —dijo una de ellas—, de edad avanzada, cabeza blanca como la nieve, de manos temblorosas por el pánico, y con los ojos llenos de lágrimas, que brillaban al caer sobre su cara, en donde el tiempo había dejado ya la huella de su paso.
Villa al escuchar ésto, encarándose con ella parecía que iba a golpearla; pero la señora arrojándose a sus pies le pidió llorando, que pusiera en libertad a su esposo, las hijas le imitaron, jurándole y perjurándole que su padre nada había hecho para merecer estar detenido.
—¿Con que nada ha hecho? –contestó Villa—. Van a escuchar de sus propios labios lo que ha hecho; y dirigiéndose a un oficial que estaba en la puerta, ordenó que trajeran al detenido.
Un minuto más tarde el prisionero entraba a la sala, pálido, con paso tembloroso, besó a su mujer con cariño, y doblegó la cabeza ante la mirada del guerrillero, que de pie, con las piernas entreabiertas, los brazos en jarras, el sombrero tejano echado hacia atrás, dejando asomar, hirsuto y rebelde un mechón de pelo, veía al preso ferozmente.
—Estas mujeres —dijo dirigiéndose a él—, dicen que nada ha hecho usted para merecer detenerlo prisionero… Voy a relatarles lo que ha hecho, para que se enteren de que, en vez del hombre bueno que ellas creen, es usted el asesino de mi madre…
Y Villa empezó a relatar la tragedia.
Un silencio de muerte llenaba la sala, escuchándose, brutal y colérico, el relato del crimen.
—¿Miento o digo la verdad? —dijo Villa al concluir, dirigiéndose al detenido.
El prisionero, que había escuchado, con la cabeza inclinada, con los ojos cerrados, como esperando de un momento a otro el disparo homicida, levantó la cabeza, abrió los ojos inmensamente y contestó con voz tan callada, que apenas se oyó:
—Todo es verdad.
Una explosión de llanto, de súplicas y ruegos, inundó la sala. La anciana se arrojó de nuevo a sus pies, le abrazó una de las piernas y le dijo:
—Señor, para nosotros es el único amparo que tenemos en la vida; si lo perdemos nos moriremos de hambre, de miseria y de dolor.
Estoy enferma, señor, y si me he levantado de la cama, ha sido para pedirle a usted, que si hay que matar a alguno, que ésa sea yo…
Villa hizo un movimiento brusco, como para desasirse de los brazos que le sujetaban la pierna, y sacando el revolver, con rapidez de relámpago, iba a hacer fuego; pero detuvo en alto el arma homicida, y señalando con la siniestra la puerta dijo:
—Llévense a su hombre… llévenselo a donde nunca más lo vuelva a ver, porque lo mataré… llévenselo… le perdono por la memoria de mi madre…
Presto la sala quedó desierta, Villa se arrojó llorando sobre el sillón de damasco rojo, y un haz luminoso de rayos de sol, que entraba por la ventana, deshacía sus vibraciones de luz en el mechón de pelo que el tejano del guerrillero dejaba al descubierto, como un beso de fuego, por el divino perdón.
