Deportes

El partido de vuelta de cuartos de final

Spread the love

Martes 2 de diciembre de 2025

A las 7:02 de la noche, Daniel Quintero Huitrón sopló su ocarina, aunque el sonido se disolvió entre un Olímpico Universitario que rugía como si hubiera sido fabricado para noches de juicio.

Era el comienzo de un partido que prometía grandeza y terminó sirviendo un festín de caos, errores y un triunfo tan inexplicable como irresistible.

El escenario era de abolengo puro: Cruz Azul y Guadalajara, dos instituciones que han forjado buena parte del relato sagrado del fútbol mexicano, se encontraban para decidir al último semifinalista.

La ida fue un ejercicio de prudencia mortal; la vuelta, en cambio, se pintó desde temprano con brochazos violentos.

El Rebaño irrumpió como si cargara una misión divina.

Le pasó por encima a un Cruz Azul que entró con la actitud de quien revisa el celular sin ver realmente nada.

Al minuto 8 Cowell aprovechó una defensa celeste que seguía intentando descifrar dónde pararse.

Al minuto 13, Márquez filtró un pase quirúrgico para que Gabriel Fernández empatara y guardara, momentáneamente, las apariencias.

Al minuto 34, otro error azul regaló la ventaja a un Guadalajara que tenía a su rival mareado, descolocado y emocionalmente de rodillas.

La afición celeste observaba incrédula: el equipo que había mostrado destellos a lo largo del semestre estaba ofreciendo una de las funciones más desconcertantes de su repertorio.

Incluso el “ole” cayó desde la zona visitante, un gesto de insolencia que retrataba el desconcierto.

En el complemento, Piovi y Faravelli abandonaron el campo tras actuaciones que ni la caridad cristiana podría defender.

Con los cambios, Cruz Azul dejó de tropezar con su propia sombra; no jugó bien, simplemente dejó de jugar peor.

Chivas, siempre fiel a su inclinación por complicarse la vida, decidió que el 2-1 era suficiente y se echó atrás, entregando balón, campo y nervios.

Y llegó el minuto 71. El canterano rojinegro, criado en la cultura de jamás inclinarse ante el rival regional, ejecutó un disparo de soberbia pura.

La pelota golpeó un poste, cruzó la portería como si quisiera presumir su recorrido, chocó en el otro y terminó dentro.

Un gol tan absurdo que parecía una broma celestial. De pronto, Cruz Azul revivía en una de sus noches más pobres.

El duelo se volvió una tragicomedia competitiva: Chivas atacaba sin certeza; Cruz Azul resistía más por obligación que por convicción.

Hasta que al 86’, un penal infantil abrió la puerta al drama máximo: Romo tomó el balón para cedérselo a Javier Hernández, quien decidió darle un giro poético a la historia: envió la pelota a la tribuna, dejando al estadio suspendido entre la carcajada y el asombro.

La falla desmoronó a Chivas. Y Cruz Azul, que había sobrevivido de milagro durante casi todo el partido, encontró el tiro de gracia al minuto 97:

Gabriel Fernández levantó la mirada y cedió a Rodríguez, quien definió con una serenidad que su equipo no había mostrado en toda la noche. Globito perfecto. Remontada consumada.

El México 68 explotó. No por el fútbol desplegado —que fue errático, tenso y hasta vergonzoso por momentos— sino por la adrenalina visceral de derrotar a un grande en una liguilla que no perdona distracciones.

Cruz Azul ganó sin merecerlo del todo. Chivas perdió mereciendo más de lo que quisiera admitir.

El fútbol, al final, recordó su ley más incómoda: no triunfa el que mejor juega, sino el que golpea cuando la historia abre un resquicio.

Marcador final: Cruz Azul 3, Chivas 2.
Una victoria polémica, desordenada y, por eso mismo, inolvidable.

Deja una respuesta