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Foreman, la vuelta del campeón

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Sábado 29 de noviembre de 2025

Cuando me retiré del boxeo en 1977, decidí dejar en manos de mis hermanos Roy y Sonny la administración de las finanzas de mi carrera.

Ellos tomaron varias decisiones equivocadas que, con el tiempo, nos dejaron prácticamente en la ruina hacia 1980.

Mis propios ahorros para la jubilación también se habían agotado después de un viaje con mi familia a Santa Lucía.

Al volver, encontré a Roy viviendo en la casa de mi madre y enseñando boxeo a chicos en un pequeño gimnasio dentro de una iglesia.

Recuerdo a la perfección el día en que una madre me miró con una expresión llena de esperanza, como si yo pudiera ayudar a su hijo a evitar meterse en problemas.

Pero en ese momento yo estaba dedicado a la vida religiosa, convencido de que mi responsabilidad principal estaba en la iglesia y no en el gimnasio.

Poco tiempo después, me enteré de que aquel muchacho terminó preso por un robo que salió terriblemente mal.

Me partió el alma; sentí que lo había dejado escapar de entre mis manos. Fue entonces cuando entendí que no podía seguir ignorando esa necesidad tan evidente.

Cerca de mi iglesia había un antiguo almacén abandonado. Lo compré con lo poco que me quedaba y lo convertí en el Centro Juvenil y Comunitario George Foreman, un espacio donde los jóvenes pudieran sentirse protegidos, trabajar su autoestima y descubrir su fortaleza interior.

Solo teníamos unas pesas, una canchita de básquet, algunos guantes y un par de sacos de boxeo. Nada lujoso: simplemente un lugar para que pudieran sentirse grandes dentro de su propio mundo.

Con los días, los chicos empezaron a llegar en colectivo y el centro se fue llenando de energía. Pero sostenerlo era caro y mis recursos se consumían rápido.

Mi abogado me advirtió: “George, lo que estás haciendo es admirable, pero tengo que ser sincero. Puedes convertirte en una tragedia del boxeo, como lo fue Jack Johnson. No puedes costear esto mucho más. Vas a tener que cerrar”.

Estaba en riesgo de quedarme sin nada, incluso sin el dinero reservado para la educación de mis hijos.

Sin embargo, en lo profundo de mí sabía que no podía privar a esos chicos del único lugar en el que se sentían a salvo.

Ellos necesitaban ese espacio tanto como yo necesitaba darle sentido a mi vida.

En ese momento comprendí que había una única manera de conseguir el dinero necesario: tenía que volver a pelear.

Mi regreso no era solo por mí, sino para salvar todo lo que habíamos creado.

Me propuse regresar al ring y recuperar un título mundial de los pesos pesados, impulsado por la misión de proteger a esos jóvenes que confiaban en mí.

Luchar por ellos me dio la determinación que necesitaba para volver… y lograrlo.

George Foreman, leyenda del boxeo, regresó a los 38 años. Volvería a coronarse campeón a los 45, en 1994.

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