Historia

La tragedia de la Plaza Mérida

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Domingo 16 de noviembre de 2025

Hace 44 años la tragedia ensombreció nuestro estado.

Un 15 de noviembre de 1981, en el cierre de campaña del General Graciliano Alpuche Pinzón en la Plaza de Toros Mérida se había anunciado un magno evento artístico-musical, que quedó marcado para siempre, con la huella de la tragedia.

Alpuche Pinzón, candidato del PRI a la gubernatura del Estado y su equipo eligieron el antiguo coso de Reforma para cierre de campaña, pero los organizadores no contaban con que se generaría una aglomeración que abarrotó hasta el último centímetro del recinto taurino, con capacidad para albergar unas diez mil personas.

El evento fue gratuito, la afluencia esperada rebasó las expectativas, pues a las cinco de la tarde, dos horas antes que se iniciara el evento, ya estaban congregadas en el recinto unas veinte mil personas.

Por el sobrepeso, un muro de dos metros de espesor, que soportaba una grada de ocho metros de longitud, crujió y en segundos se vino abajo, arrastrando a los espectadores que sobre ella había, aplastando a los que estaban debajo y a los que caían entre los escombros.

El derrumbe también provocó una estampida de gente que con desesperación trataba de salir del recinto, después de que observó las primeras víctimas mortales del hecho y que se topó con otra gran hilera de gente, que intentaba entrar al lugar.

El encontronazo entre los que entraban y salían también dejó un elevado número de víctimas fatales esa tarde, de las cuales 10 eran niños y el resto, 39 adultos.

Esa tarde, hace 40 años, fallecieron aplastadas y pisoteadas 49 personas durante una estampida en los pasillos interiores de la Plaza de Toros «Mérida», mientras que otras 48 resultaron lesionadas.

De todos los hechos trágicos que se recuerden entre el siglo pasado y el actual, ésta ha sido la mayor catástrofe de pérdida de vidas humanas de la historia del Estado.

Ese aciago y frío domingo de hace cuatro décadas, numerosas personas de poblaciones del interior del Estado y colonias populares de la capital yucateca abarrotaron el viejo coso de Reforma.

Era el cierre de campaña del PRI, ya que el día 22 de ese mes, serían las elecciones para Gobernador del Estado (periodo 1982-1988) y Alcalde de Mérida (1982-1984).

Los candidatos del tricolor eran, para la gubernatura, el general Graciliano Alpuche Pinzón y para la Alcaldía meridana, el empresario de funerarias Guido Espadas Cantón.

Un interminable río de gente entraba a la Plaza Mérida, pues se había anunciado, como suele suceder en este tipo de eventos, un magno festival con numerosos artistas, así como regalos para los presentes, como camisetas, gorras, llaveros y plumas con el logotipo del partido, así como que se repartirían jugos, tortas y tacos.

Los militantes tricolores acudieron en familias completas, con papá, mamá, hijos, abuelitos, tíos.

Los artistas invitados para esa jornada eran la «crema y nata» del espectáculo yucateco de aquellos tiempos, algunos eran triunfadores en escenarios de toda la República y el extranjero.

Estaban anunciados para desfilar en la tarima instalada en el centro de la arena los compositores y cantantes Luis Demetrio, «Coki» Navarro, Sergio Esquivel y Guadalupe Trigo, éste con su esposa Viola (pese a sus conocidas simpatías socialistas); las intérpretes María Medina e Imelda Miller; la también cantante Míriam Núñez (del dueto «Las Hermanitas Núñez»), el pianista Pastor Cervera, el cantante Enrique Cáceres, el cómico regional Héctor Herrera «Cholo» (acérrimo crítico de la política local); el show de «Los Uxmal»; el grupo «Los Aragón», el Ballet Regional y la Orquesta Sinfónica de Yucatán; así como la actuación especial de los magos Chen Kai y Krotani.

Una auténtica constelación de estrellas, y la entrada era, desde luego, gratis. Un elenco por demás atractivo para el pueblo, que no quería perderse esta gran fiesta.

Tras unos largos y cansados discursos de los líderes y candidatos, empezó la fiesta, con los acordes de la música guapachosa de «Los Aragón», con la gente bailando y gozando canciones como «El Cable» y «La Sospechita».

Pero a las 16:23 horas aconteció lo inimaginable: de pronto, un muro de bloques, de 2 metros de alto por 4 de extensión, se vino abajo, golpeando a las personas que se encontraban cerca.

La hecatombe sobrevino cuando alguien gritó: «¡Se cae la Plaza, sálvese quien pueda!».

Entonces, ocurrió lo peor: la gente, comenzó a gritar y a correr despavorida, produciéndose una mortífera estampida, y por lo apretujado que estaba el gentío, muchos murieron aplastados unos con otros, por empujones cuerpo a cuerpo, y algunos más cayeron al suelo, falleciendo pisoteados por los que huían de lo que creían era el «derrumbe» de todo el coso.

Cuando poco a poco la gente fue despejando el área del desastre; el lugar parecía un campo de batalla. Cuerpos inertes regados por todo el piso… todo era confusión y lamentos.

La muerte no respetó sexo o edades, había niños, madres, padres y ancianos tirados sin vida, la mayoría era gente humilde, portando su ropa autóctona: hipil, sombrero, alpargatas.

Los lesionados se quejaban y el llanto por el familiar fallecido no cesaba.

La tragedia ocurrió en unos ocho minutos a lo sumo, tiempo suficiente para dejar ese reguero de muerte.

Al momento del trágico incidente, los socorristas de la Cruz Roja se encontraban en una ofrenda floral en el Cementerio General.

Estaban en el panteón cuando recibieron una llamada de auxilio urgente, por lo que suspendieron la ceremonia luctuosa en el camposanto, para dirigirse de inmediato al inmueble de la avenida Reforma.

Al llegar, los camilleros, ahora llamados paramédicos, no esperaban encontrarse con ese dantesco panorama; no podían creer lo que veían, pues jamás les había tocado estar en una catástrofe de esa magnitud y no se daban abasto para atender al casi medio centenar de lesionados, mientras revisaban los cadáveres para ver si alguna de las víctimas aún estaba con vida.

La escena era desgarradora e impactante, ya que algunas familias habían perdido a varios miembros y esa gente que había venido a Mérida a divertirse, sólo había hallado la desgracia.

Asimismo, los entonces pocos hospitales de Mérida se vieron de pronto abarrotados y sin capacidad para atender a los 48 heridos graves y al más de un centenar de lesionados, que sólo sufrieron golpes diversos.

Por varias semanas, la población de Yobaín se vistió de luto, pues fue la localidad más golpeada, con cerca de una veintena de fallecidos.

De pronto, su pequeño cementerio se vio lleno de cruces y lápidas.

Hasta la fecha los yobainenses recuerdan esta tragedia con gran dolor.

Por varios días, muchos cadáveres quedaron sin identificar en la morgue, pues sus familiares no habían ido a reconocerlos y como los fallecidos no portaban papel alguno de identificación, se quedaron en el cuarto frío, hasta terminar en la fosa común.

En total fueron 49 personas las que fallecieron en esa funesta fecha, en su mayoría niños y mujeres, que al ser los más indefensos, fueron aplastados por el numeroso gentío que huía del derrumbe.

Los muertos eran originarios, en su mayoría, de Yobaín y Mérida, pero también hubo víctimas de Baca, Hunucmá, Xocchel y Sacalum.

Fue una tragedia de la que por supuesto, no hubo ningún responsable legal, que cargase con consecuencias jurídicas.

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