Visitas de almas del Purgatorio


Martes 11 de noviembre de 2025
El siguiente es un testimonio de una persona que experimentó varias visitas de un alma del purgatorio, y por lo tanto ella da un detallado testimonio ocular con respecto a los hechos que cuenta.
El 13 de octubre de 1849, murió a la edad de cincuenta y dos años, en la parroquia de Ardoye, en Flandes, una mujer llamada Eugenie Van de Kerckove, cuyo esposo, John Wybo, era agricultor.
Ella era una mujer piadosa y caritativa. Tuvo, al final de su vida, una gran devoción a la Santísima Virgen María, y se abstenía de comer carne en su honor el viernes y sábado de cada semana.
Aunque su conducta no estuvo exenta de ciertas fallas, en otras cosas ella llevó una vida ejemplar y edificante.
Eugenia tenía una sirvienta llamada Bárbara Vennecke, de veintiocho años, que era conocida como una joven virtuosa y devota, y que había ayudado a su ama en su última enfermedad.
Y después de la muerte de Eugenia, ella continuó sirviendo a su amo, John Wybo, el viudo de Eugenia.
Unas tres semanas después de su muerte, la fallecida apareció a su sirvienta en circunstancias que ahora se relatan.
Fue en medio de la noche, Bárbara dormía profundamente, cuando oyó llamarla tres veces por su nombre. Ella se despertó sobresaltada, y vio a Eugenia frente a ella, sentada al lado de su cama, vestida con un traje de trabajo, que consiste en una falda y una chaqueta corta.
Bárbara quedó asombrada por este espectáculo notable. La aparición le habló:
“Bárbara”, dijo, pronunciando su nombre
“¿Qué deseas, Eugenia?” -respondió la criada.
“Por favor, toma “, dijo la señora, “el pequeño rastrillo y revuelve el montículo de arena en la pequeña habitación, ya sabes a que me refiero. Hay una bolsa con monedas.
Úsalas para que tenga misas, dos francos por cada misa, por mi intención, porque yo todavía estoy sufriendo”.
“Así lo haré, Eugenia“, respondió Bárbara,
Y en el mismo momento desapareció. Después de un rato se quedó dormida de nuevo, y reposó en silencio hasta la mañana.
Al despertar, Bárbara pensó que tal vez fue sólo un sueño, pero sin embargo ella se había sentido tan profundamente impresionada.
Tan despierta, había visto a su antigua ama de una forma tan distinta, tan llena de vida y había recibido de sus labios tales instrucciones precisas, que no pudo evitar decir:
“Esto no puede haber sido un sueño. Vi a mi señora en persona, ella se presentó a mis ojos, y ella seguramente me habló. No es un sueño, sino una realidad.”
Por lo tanto, de inmediato fue y tomó el rastrillo como le indicó, movió la arena, y sacó una bolsa que contenía la suma de quinientos francos.
En tales circunstancias extrañas y extraordinarias la buena chica pensó que su deber era buscar el consejo de su pastor antes de usar los 500 francos en tener misas, y se fue a contarle a él todo lo que había sucedido.
El venerable abad R., entonces párroco de Ardoye, respondió que las misas planteadas por el alma del muerto debían ser celebradas.
Pero, para disponer de la suma de dinero, era necesario el consentimiento del marido, John Wybo, ya que el dinero fue encontrado en su casa.
La última voluntad de que el dinero se empleara para tan santo fin se consintió, y las misas se celebraron, dándose dos francos por cada misa,
Llamamos la atención sobre la circunstancia de las donaciones para la misa
El costo de una misa fijada por la diócesis en aquel momento era un franco y medio, pero durante su vida Eugenia -en consideración y caridad para con el clero, que en general era muy pobre-, siempre dio dos francos por cada misa.
Dos meses después de la primera aparición, mientras que las misas se seguían celebrando por las intenciones de Eugenia, Bárbara se despertó de nuevo durante la noche.
Esta vez su cámara se iluminó con una luz brillante, y su señora se presentó ante ella con una sonrisa radiante, hermosa y de aspecto fresco como en los días de su juventud, y estaba vestida con una túnica de deslumbrante blancura.
“Bárbara”, ella dijo con una voz clara.
“Te doy gracias, porque yo ahora estoy liberada del lugar de purificación”.
Al decir estas palabras, desapareció, y la cámara se volvió oscura como antes.
La sirvienta, quedó llena de alegría, y ella pronto extendió la extraordinaria historia en la ciudad.
Esta es sólo una de las muchas historias en cuanto a la potencia y la eficacia de la Santa Misa a favor de las almas del purgatorio.
No hay nada más poderoso y valioso que el ofrecimiento de la inmolación de nuestro Divino Salvador en el altar.
Además de ser la doctrina expresa de la Iglesia tal como se manifiesta en sus Concilios, hay muchos hechos milagrosos, debidamente autenticados, que no dejan lugar a dudas en lo que respecta a este punto.
