El día que mi papá traía pollo y Coca


Domingo 12 de octubre de 2025
Cuando mi papá conseguía trabajo, aunque fuera por unos días, en casa se sentía la alegría desde temprano.
No hacía falta que lo dijera, todos sabíamos que algo bueno iba a pasar.
Era como si el aire se llenara de esperanza, de esas pequeñas ilusiones que uno guarda cuando no hay mucho, pero se tiene fe.
Recuerdo que cuando salía a trabajar, yo me quedaba mirando por la ventana esperando verlo volver.
No importaba si tardaba todo el día, si el sol caía o si ya se escuchaban los grillos; yo sabía que cuando mi papá regresara, traería algo en las manos.
A veces era un pollo rostizado, otras un queso de hebra o algo para acompañar las tortillas.
Pero lo más emocionante era ver que venía con una Coca en la mano, esa botella fría que hacía ruido al abrirse y que sabía diferente porque sabíamos que no la podíamos comprar todos los días.
Cuando él llegaba, mi mamá lo recibía con una sonrisa cansada, y nosotros, mis hermanos y yo, corríamos a verlo como si volviera de un viaje largo.
Él se quitaba el sombrero, se limpiaba el sudor con el antebrazo y decía: “Hoy sí comemos rico”. Y todos nos reíamos, no por las palabras, sino por lo que significaban.
Porque en esos momentos la casa se llenaba de olor a pollo, de tortillas calientes, de ruido, de vida.
Yo me sentía el niño más feliz del mundo. Con unos cheetos, una Coca y ese pollo en la mesa, todo me parecía perfecto.
No había necesidad de más. A veces me quedaba mirando a mi papá mientras comía, con sus manos curtidas por el trabajo, y pensaba que él era como un héroe silencioso, que con un solo día de trabajo podía hacer que toda la casa se sintiera en fiesta.
Esa costumbre se repitió muchas veces. Cada vez que había trabajo, sabíamos que el día cerraría con una comida buena, con risas, y con esa sensación de que el esfuerzo de mi papá valía la pena.
Y cuando no había trabajo, comíamos lo que hubiera, pero nunca faltaban sus palabras tranquilas: “Ya vendrán días mejores”.
Hoy, cuando paso frente a una pollería y el olor me llega de repente, no pienso en comida, pienso en él. En ese hombre que, con poco, hacía mucho.
En esas tardes donde un simple pollo y una Coca se convertían en un banquete. Porque para mí, esos días eran la verdadera felicidad, los días donde aprendí que la abundancia no está en tener de más, sino en saber disfrutar de lo que llega con amor y sacrificio.
Y todavía, cada que abro una Coca y escucho ese sonido de burbujas escapando, me parece escuchar los pasos de mi papá entrando por la puerta, con su sonrisa cansada y el mismo gesto de siempre, diciendo: “Hoy sí comemos bien”.
