Chan Cil, padre de la trova yucateca


Martes 23 de septiembre de 2025
El 17 de septiembre de 1910, Mérida despidió a uno de sus hijos más entrañables: Cirilo Baqueiro Preve, el hombre que la memoria popular bautizó como Chan Cil.
Su entierro fue acompañado por músicos, amigos y admiradores que sabían, acaso sin entenderlo del todo, que se iba con él la primera voz de un canto nuevo, la raíz de lo que hoy se nombra trova yucateca.
Había nacido en San Francisco de Campeche, hacia 1849, pero fue en la blanca Mérida donde su espíritu halló el escenario perfecto.
Desde niño se aferró a las cuerdas del violín y de la guitarra, aprendió también la mandolina, y con esas herramientas sencillas dio forma a una música que mezclaba el amor, la melancolía y la picardía.
El sobrenombre Chan Cil —que en maya evoca al “pequeño Cirilo” o al “pequeño ruiseñor”— parecía dictado por el destino: su voz y sus notas eran canto menudo, pero de resonancia infinita.
Trovador bohemio, nunca se encerró en academias ni en partituras solemnes.
Prefería la banca de un parque, el bullicio de una tertulia, la emoción de una serenata o el ardor de un carnaval.
Allí, entre la improvisación y la poesía, trazaba melodías que parecían brotar sin esfuerzo.
Una tarde de 1880, en el barrio de San Juan, le puso música al poema Despedida de José Peón Contreras.
Ese instante sencillo —una banca, un violín, un poeta y un trovador— fue señalado después como el nacimiento de la trova yucateca.
Su inspiración fue vasta y generosa. Cantó al amor en piezas como «La Mestiza», estrenada con fervor en el Teatro Peón Contreras; suspiró en «Vuelo a ti» y en «En el abismo»; acarició versos ajenos, de Bécquer y de Flores, para vestirlos con su música.
Pero también se rió del mundo con canciones picarescas y satíricas: «Ko’oten X-boox (vente negrita)», «La Rafaelita», «Los tres besos», donde el ingenio corría tan libre como la ironía.
El paso del tiempo no borró su figura. Tras su muerte, sus restos fueron depositados en el Monumento a los Creadores de la Canción Yucateca en el Cementerio General de Mérida.
Allí aún se recuerda al trovador que, con un violín y una sonrisa, sembró la semilla de un género.
En el Museo de la Canción Yucateca se guardan sus objetos personales: lentes, partituras, un violín que parece todavía esperar el roce de sus manos.
Décadas más tarde, su nombre se hizo medalla: la Medalla Chan Cil, otorgada a quienes consagran la vida a la trova, como un eco perpetuo de su ejemplo.
Su imagen, además, se alza en murales y homenajes, recordando al hombre sencillo que transformó la música de su tierra.
Hoy, más de un siglo después, Chan Cil sigue vivo en cada serenata, en cada verso hecho canción, en cada guitarra que busca enamorar bajo un balcón.
Fue, y seguirá siendo, el padre de la trova yucateca.
