Historia

Juan Crisóstomo Cano y Cano, la vida por la Patria

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Sábado 20 de septiembre de 2025

“Querido tío: Estoy cierto que mañana moriremos”. No murió en el acto: completó el martirio de su agonía la muda contemplación de la derrota de la patria anunciada con alegres y triunfantes gritos por el invasor.

Una lápida de mármol blanco, se puso sobre su tumba en Santa Paula, con esta gloriosa inscripción: Obiit; sed in aeternum vivit. “ Murió pero vive eternamente”.

El 13 de Septiembre, se cumplió un aniversario luctuoso más del Coronel Juan Crisostómo Cano y Cano.

Quiero contarles la vida de este yucateco ilustre que consagró todo su espíritu y todo su corazón a la patria.

El Teniente Coronel de Ingenieros D. Juan Crisóstomo Cano y Cano, nació en Mérida de Yucatán el 27 de enero de 1815 y murió gloriosamente en el asalto de Chapultepec el 13 de septiembre de 1847, luchando desesperadamente contra fuerzas americanas, seis veces mayores.

Ese día, un fuego terrible de metralla y fusilería recibió a los asaltantes. Se vieron obligados a detenerse; pero luego avanzando por la escarpada pendiente, continuaron su ascensión; grupos compactos de la tropa mexicana volvieron a detenerlos con vivo y continuado fuego.

El suelo estaba regado de heridos y muertos de ambas partes; pero en tanto que los americanos eran sostenidos hábilmente por sus reservas, los denodados defensores de Chapultepec apenas eran auxiliados por el esforzado batallón de San Blas, cuyos componentes, incluso su jefe, el impertérrito Xicotencatl, perecieron todos como héroes antes de poder llegar al castillo.

El avance de los asaltantes se pronunciaba por todos lados, las baterías y parapetos caían en poder del enemigo superior en número y los mexicanos, sin embargo, se mantenían firmes en la cumbre desafiando la muerte con intrepidez y vendiendo caras sus vidas.

Llegóse á luchar brazo a brazo, bayoneta con bayoneta y espada con espada. Llegó el momento de retirarse y ceder ante la avalancha de asaltantes que arrollaba todo, como avasallador torrente.

Algún oficial, creyendo necesario desalojar el punto, dijo a Cano con decidido ademán: «vamos; si te quedas te matarán sin remedio.» «Eso es lo que quiero, morir combatiendo,» murmuró Cano, y siguió luchando intrépido y ardiente entre aquella confusa masa de guerreros.

Al poco tiempo, cayó mortalmente herido, en momentos en que la bandera mexicana era abatida de los altos muros del castillo y empezaba a tremolar sobre ellos el pabellón de las barras y de las estrellas.

Falleció a las ocho de la noche de ese nefasto día 13 de Septiembre de 1847 y fué sepultado con grandes muestras de honor y respeto por el enemigo, en la ladrillera de Chapultepec, al lado de cuarenta oficiales americanos, que lo mismo que Cano, murieron en tan terrible y sangrienta función de armas.

Tal es la historia de un joven yucateco que supo sacrificarse y morir piadosamente en aras de la patria.

Su nombre glorioso ha sido presa del olvido. Y sin embargo, muriendo noblemente en la cumbre de Chapultepec, derramando su sangre generosa, mezclada fraternalmente con la de los demás héroes mexicanos de aquella jornada, lavó la mancha de la vergonzosa neutralidad en mala hora jurada por algunos de nuestros hombres públicos.

La nación se mostró con él amorosa y agradecida. El año de 1849, sus venerados restos fueron identificados y exhumados de la humilde sepultura de Chapultepec, cubierto por la hiedra y por las flores silvestres.

En el templo de Jesús María, se le hicieron suntuosas honras, a la que asistieron devotas y simpáticas todas las clases sociales.

Hizo su elogio fúnebre en sentidas y palpitantes frases su adicto amigo, el poeta Guillermo Prieto, aquel que en sus días plácidos, se admiraba de verle leyendo los clásicos latinos con la facilidad y soltura con que él leía los versos castellanos.

Y una lápida de mármol blanco, donación del arzobispo Irrisari, se puso sobre su tumba en Santa Paula, con esta gloriosa inscripción: Obiit; sed in aeternum vivit. “ Murió pero vive eternamente”.

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