Un genio muy distraído


Sábado 13 de septiembre de 2025
Norbert Wiener, el padre de la cibernética, fue un niño prodigio en toda regla.
Aprendió el alfabeto con apenas un año, leía a los tres y a los cinco ya dominaba griego y latín.
A los diez entró al instituto, y a los doce ya se había graduado.
Ese mismo año ingresó en la universidad y, poco después, se licenció en matemáticas. Un genio precoz destinado a dejar huella.
Pero junto a su brillantez vino una personalidad peculiar, marcada por una distracción legendaria.
Una de las anécdotas más famosas cuenta que durante una mudanza, su esposa le escribió en un papel la dirección de la nueva casa, temiendo que él la olvidara.
Wiener, absorto en sus fórmulas, utilizó el papel para hacer cálculos, se equivocó y lo tiró sin pensar.
Esa noche volvió a la casa antigua, ya vacía, y al encontrarse con una joven le preguntó:
—“Soy Norbert Wiener, ¿sabes adónde me mudé hoy?”
La muchacha respondió:
—“Sí, papá, mamá me mandó a buscarte”.
Otra historia asegura que tras dar una conferencia olvidó dónde había estacionado el auto… y también qué auto era. Esperó a que todos se fueran y, sin pensarlo mucho, se llevó el único que quedaba.
Tal vez algunas de estas historias estén adornadas, pero todas reflejan lo mismo: un hombre cuya genialidad era tan grande como su desconexión con lo cotidiano.
Norbert Wiener revolucionó la ciencia con la cibernética, pero en la vida diaria fue el ejemplo perfecto de que hasta los más grandes genios pueden perderse en los detalles más simples.
