Historia

La tortura de afeitarse

Spread the love

Viernes 15 de agosto de 2025

Afeitarse en la antigua Roma no era un acto de cuidado personal. Era una tortura cotidiana.

Para un ciudadano común, el afeitado no se hacía en casa: se acudía al tonsor, el barbero. Y la tonstrina no era un lugar elegante.

Eran cuartos oscuros y abarrotados, ubicados en calles concurridas como la Suburra, con el aire cargado de sudor, aceites baratos y el olor metálico de la sangre.

El tonsor, de baja posición social, trabajaba con manos curtidas por la suciedad. Sentaba al cliente en un taburete viejo, envolvía su cuello con un paño usado y humedecía la piel con agua fría o aceite de oliva de mala calidad.

Luego tomaba la novacula: una hoja de hierro o bronce, mal afilada y oxidada. No cortaba el vello, lo arrancaba. Cada pasada era un tirón, un arañazo, una herida segura.

Las lesiones se trataban con telarañas, vinagre, brea o ungüentos caseros. Sin desinfectantes, cada corte podía convertirse en infección, absceso o tétanos, una condena mortal en aquella época. Morir por un afeitado no era raro.

Aun así, el afeitado era obligatorio para mantener la imagen de civilizado.

La barba era signo de luto, abandono o filosofía estoica.

El primer afeitado, la depositio barbae, era un rito de paso a la adultez.

Los ricos tenían otra experiencia: un tonsor personal, aceites perfumados, agua caliente y navajas finas.

Pero para el romano común, cada afeitado era un pequeño infierno de dolor y riesgo, el precio para encajar en una sociedad que veneraba la imagen y escondía la suciedad tras sus muros de mármol.

Deja una respuesta