El infierno es real y es eterno


Jueves 7 de agosto de 2025
Por John A. Monaco
Piensa en una persona que finalmente comprende, con perfecta claridad, para qué fue creada y con quién estaba destinada a unirse, pero que jamás podrá hacerlo.
Este conocimiento la quema por dentro y el dolor no es meramente emocional, sino existencial.
Incluso en el infierno, los condenados son conscientes de lo que han perdido.
En el Infierno de Dante, atraviesan las puertas del infierno, sobre las cuales hay un letrero: «Abandonad toda esperanza, vosotros que entráis aquí».
Esa pérdida de esperanza surge del conocimiento de que nunca verán a Dios.
En la teología católica, los castigos del Infierno se dividen tradicionalmente en dos categorías principales: el dolor de la pérdida (poena damni) y el dolor de los sentidos (poena sensus).
En el Juicio Final, cuando nuestras almas se unan de nuevo a nuestros cuerpos, experimentaremos el dolor del infierno de forma física y sensitiva.
En los Evangelios, Nuestro Señor describe el infierno como un lugar de fuego, llanto y crujir de dientes (cf. Mateo 13:42, Marcos 9:43).
El infierno es real. Es eterno. Es terriblemente doloroso.
Pero también se elige libremente.
Las decisiones que tomamos a diario —las palabras que decimos, el contenido que vemos, la forma en que ordenamos nuestros amores— contribuyen a nuestro destino eterno.
Durante siglos, se entendía que la tradición más horrorosa, no era una teoría conspirativa descabellada, ni un pecado humano.
En cambio, se entendía que era el destino eterno que aguarda a quienes rechazan a Dios aquí en la tierra.
