La última cuerda


Sábado 2 de agosto de 2025
Decían que era raro. Que tenía un pacto con el diablo. Que no era humano. Pero lo cierto es que cuando Paganini subía al escenario, todos callaban. Porque su violín no tocaba música: contaba milagros.
Aquella noche, el teatro estaba lleno. La orquesta entró. Aplausos. El director hizo su reverencia. Aplausos. Pero cuando apareció él… el público rugió.
Paganini alzó el arco, apoyó el violín en su hombro… y empezó a tocar. Las notas salían disparadas como aves en libertad. No era una ejecución: era un incendio.
Y de pronto: ¡crack!
Una cuerda se rompió.
El director se detuvo. La orquesta también. El público contuvo el aliento.
Paganini no.
Siguió tocando.
Con tres cuerdas, encontró nuevos caminos para la melodía. La música no se quebró: cambió de forma. El director volvió a levantar la batuta. La orquesta lo siguió. La sala respiró.
Pero entonces, otra cuerda estalló.
Y luego… otra más.
Solo quedaba una.
Una cuerda.
El director se quedó inmóvil. La orquesta se congeló. El público quedó en silencio absoluto. Lo que vino después nadie lo esperaba… Paganini no se detuvo.
Con una sola cuerda, hizo lo imposible. Sacó cada nota, cada emoción, cada suspiro de aquel violín herido. Donde todo indicaba que debía parar… él siguió. Y al final, lo logró.
La sala entera se levantó. Lágrimas. Gritos. Aplausos interminables. Paganini no solo había tocado una pieza: había vencido al destino.
No era magia. No era un pacto.
Era fe, talento… y una voluntad feroz de no rendirse.
Porque hay noches en que solo queda una cuerda.
Y si tienes el valor de tocarla… aún puedes hacer música.
