El francotirador que juró venganza


Martes 15 de julio de 2025
Al inicio de la Guerra Civil estadounidense, Jack Hinson no eligió un bando. Era dueño de esclavos, pero se oponía a la secesión.
Su postura fue clara: mantenerse neutral y cuidar de su familia.
Incluso ofreció hospitalidad al general Ulysses S. Grant, quien se alojó en su finca y la usó brevemente como cuartel general.
Pero la guerra no perdona la neutralidad.
Un día, dos de sus hijos salieron a cazar. Nunca regresaron.
Una patrulla de la Unión los acusó falsamente de ser guerrilleros y los ejecutó sin juicio.
No bastó con asesinarlos. Arrastraron sus cuerpos por la ciudad, los decapitaron y clavaron sus cabezas en los postes de la verja de la casa de los Hinson.
Aquella imagen quebró a Jack.
Ya no era un agricultor. Se convirtió en un cazador.
Mandó a fabricar un rifle especial: un mosquete de francotirador, calibre .50, con cañón extralargo y precisión letal.
Su primera bala fue para el comandante responsable. Luego vino el soldado que profanó a sus hijos. Después, uno por uno, fue eliminando oficiales, saboteando líneas de suministro y sembrando el terror entre las tropas del norte.
Lo buscaron con escuadrones enteros. Quemaron su casa. Pero nunca lo atraparon.
En una ocasión, un bote de la Unión navegaba por el río. Jack disparó con calma, derribando soldados uno a uno desde la orilla. Creyendo que estaban siendo emboscados por un ejército confederado, el capitán se rindió. Izó la bandera blanca. Jack ni siquiera se acercó. Se desvaneció entre los árboles, con el mismo silencio con el que había aparecido.
Dicen que mató a más de cien hombres. Que nunca lo atraparon. Que la guerra lo transformó en leyenda.
Pero detrás de cada disparo… había una tumba que no debió existir.
