Opinión

Los políticos son la desgracia de México

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Domingo 29 de junio de 2025

Por Alejandro Rojas Díaz Durán

México se está hundiendo en el fango por una clase política podrida.

Salvo honrosas excepciones, la clase política mexicana, de todos los partidos políticos, nos ha llevado durante décadas cada vez más cerca del precipicio.

México está en un punto de quiebre. No es una exageración ni una frase vacía para llamar la atención; es la realidad.

Estamos viendo cómo la corrupción gangrena al gobierno y a la sociedad, cómo la democracia se erosiona, cómo la esperanza de millones de mexicanos se enfrenta a una cruda realidad, cómo el narco se amafió con la política destruyendo la ética y la honestidad, y cómo el poder se concentra en unas pocas manos. México podría ser una potencia, pero continúa atrapado en la mediocridad de la improvisación y la politiquería.

No nos faltan recursos. No nos falta talento. Lo que nos falta es voluntad política para cambiar las cosas de fondo, sin demagogia ni discursos vacíos. Nos sobran diagnósticos, pero nos falta acción. Y lo peor: nos falta una visión clara de futuro.

Hablar de seguridad en México es hablar de familias destruidas, de impunidad y de miedo. Nos prometieron que la militarización traería paz, pero lo único que ha logrado es perpetuar la violencia. Los cárteles siguen operando como si fueran un gobierno paralelo, con territorios bajo su dominio, mientras el ciudadano común se siente abandonado. No hay estrategia, solo reacciones tardías ante el caos.

La solución no está en seguir llenando las calles de soldados, sino en fortalecer a nuestras fuerzas policiales con inteligencia, tecnología y verdadera autonomía. Necesitamos un sistema judicial funcional, sin fiscales al servicio del poder ni jueces vendidos. Un gobierno que no se esconda detrás de excusas, sino que asuma su responsabilidad.

México es un gigante dormido. Contamos con el potencial económico para convertirnos en una de las naciones más prósperas del mundo, pero seguimos con una economía que beneficia a unos pocos y condena a la mayoría a la incertidumbre. Dependemos de industrias del siglo pasado, sin una apuesta real por la innovación y la tecnología. Mientras otros países crean nuevos sectores económicos, nosotros celebramos tratados comerciales sin una estrategia clara para aprovecharlos.

La educación es la clave. No se trata solo de llenar aulas, sino de preparar a las nuevas generaciones para el mundo real. Necesitamos escuelas y universidades conectadas con el sector productivo, incentivos para la innovación y un gobierno que invierta en el futuro más allá del corto plazo electoral.

Nuestra relación con Estados Unidos es fundamental, pero no puede seguir definiéndonos. Nos hemos vuelto dependientes de lo que ocurre allá, sin una estrategia propia. Es necesario negociar con dignidad e inteligencia, sin arrodillarnos, pero también sin adoptar posturas estériles de confrontación. Fortalecer nuestra economía interna y buscar aliados en otros mercados nos dará un margen de maniobra real.

No necesitamos discursos populistas, mesías ni proyectos de poder que solo buscan perpetuarse. Necesitamos un país con reglas claras, donde la ley se cumpla para todos y donde las oportunidades no sean un privilegio. Un México donde la seguridad no sea un lujo, donde la economía no dependa de vaivenes políticos y donde los jóvenes no sueñen con irse del país porque aquí no ven futuro.

Cambiar el rumbo de México no es una opción, es una urgencia. Es momento de sacudirnos la resignación y exigir el país que merecemos. No podemos seguir esperando que alguien más lo haga. Es ahora o seguiremos atrapados en este ciclo de desencanto y promesas incumplidas.

La pregunta es: ¿tenemos el valor para cambiar el rumbo? Yo creo que sí. México merece un mejor futuro en beneficio de todos.

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